¿Sabías que cuando un juez dice "la carga de la prueba recae en el acusador", está repitiendo textualmente un principio formulado en Roma hace más de 2000 años? El derecho procesal moderno —ese conjunto de reglas que determina cómo se desarrolla un juicio, quién habla primero, qué pruebas son válidas— no es una invención contemporánea. Es, en gran medida, un legado directo del Derecho Romano que sigue vivo en cada sala de tribunales del mundo occidental.
El ADN romano del proceso judicial contemporáneo
El Derecho Romano no solo influyó en las leyes sustantivas (qué es un contrato, qué constituye un delito), sino que estructuró la forma misma en que administramos justicia. Tres principios procesales romanos siguen siendo pilares inquebrantables de nuestros sistemas judiciales actuales.
Primero, el principio de contradicción: "audiatur et altera pars" (escúchese también a la otra parte). En la antigua Roma, ningún ciudadano podía ser condenado sin haber tenido oportunidad de defenderse. Este concepto, aparentemente obvio hoy, fue revolucionario en su momento y constituye la base del debido proceso legal en México, Estados Unidos, España y prácticamente toda nación con sistema jurídico occidental.
Segundo, la presunción de inocencia: "ei incumbit probatio qui dicit, non qui negat" (la prueba corresponde a quien afirma, no a quien niega). Los romanos entendieron que obligar a alguien a probar su inocencia era una injusticia fundamental. Este principio atraviesa siglos y se encuentra consagrado en el artículo 20 constitucional mexicano y en tratados internacionales de derechos humanos.
Tercero, la cosa juzgada: "res iudicata pro veritate habetur" (lo juzgado se tiene por verdad). Una vez que un tribunal romano emitía sentencia definitiva, el asunto no podía reabrirse indefinidamente. Esta seguridad jurídica, esencial para la paz social, persiste en nuestros códigos procesales contemporáneos.
De las Institutas de Justiniano a los códigos procesales actuales
La compilación ordenada por el emperador Justiniano en el siglo VI —el Corpus Iuris Civilis— no solo preservó el conocimiento jurídico romano, sino que estableció una metodología para organizar el procedimiento judicial que pervive hasta nuestros días. La estructura tripartita del proceso (instrucción, debate y sentencia) proviene directamente del procedimiento romano clásico.
En México, el Código Nacional de Procedimientos Penales y los códigos procesales civiles estatales conservan esta arquitectura romana. La etapa de investigación equivale a la in iure romana, donde se determinaba la naturaleza de la controversia. El juicio oral corresponde a la apud iudicem, donde se presentaban pruebas y alegatos. Y la sentencia mantiene la solemnidad ritual que los romanos otorgaban a sus sententiae.
Incluso términos técnicos cotidianos en tribunales tienen raíz romana directa:
- Apelación: del latín appellatio, el recurso para revisar una sentencia ante un magistrado superior
- Testigo: de testis, quien da testimonio bajo juramento
- Prescripción: de praescriptio, la extinción de derechos por el paso del tiempo
- Notificación: de notificatio, el acto formal de comunicar resoluciones
La influencia procesal romana en la era digital
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Lo más fascinante es que incluso innovaciones procesales del siglo XXI —como los juicios orales en México implementados tras la reforma de 2008, o los procedimientos de justicia restaurativa— encuentran precedentes conceptuales en prácticas romanas. Los juicios orales, que parecen modernos, en realidad recuperan la oralidad del procedimiento romano original, antes de que la escritura dominara los procesos durante la Edad Media.
La mediación y conciliación, presentadas como alternativas innovadoras al litigio, tienen su origen en la figura del arbiter romano, un tercero neutral que facilitaba acuerdos entre partes en conflicto. El arbitraje comercial internacional actual, que mueve miles de millones de dólares en controversias, es descendiente directo de estas prácticas.
Incluso en la era de los juicios virtuales acelerados por la pandemia, los principios de inmediación, publicidad y continuidad que estructuran las audiencias por videoconferencia provienen de valores procesales romanos sobre cómo debe administrarse justicia legítimamente.
Por qué todo abogado debe conocer estas raíces
Comprender el Derecho Romano no es un ejercicio de nostalgia académica. Es entender la gramática profunda del sistema jurídico. Cuando un litigante argumenta ante un juez, cuando se interpreta una norma procesal ambigua, cuando se diseña una reforma judicial, los principios romanos operan como estructura subyacente que da coherencia al sistema.
Los tribunales mexicanos, incluyendo la Suprema Corte de Justicia, citan regularmente principios romanos en sus sentencias para interpretar normas procesales contemporáneas. Ignorar estas raíces es como intentar hablar español sin conocer gramática: se puede balbucear, pero nunca se dominará el idioma con precisión.
Para quienes aspiran a ejercer el derecho con profundidad profesional, construir una formación sólida en los fundamentos jurídicos es el primer paso imprescindible. Entender que el derecho no es un conjunto arbitrario de reglas, sino un sistema evolutivo con raíces históricas profundas, transforma la manera de ejercer la profesión.
Instituciones formativas que ofrecen una Licenciatura en Derecho en línea proporcionan las bases teóricas e históricas que permiten a los estudiantes comprender estos fundamentos procesales antes de especializarse en áreas específicas del litigio. Una universidad en línea con programas de validez oficial ante la SEP hace posible acceder a esta formación con la flexibilidad que demanda la vida profesional moderna, sin sacrificar el rigor académico necesario para dominar disciplinas complejas como el derecho procesal.
El Derecho Romano no es historia muerta en polvorientos códices. Es la arquitectura invisible que sostiene cada juicio, cada apelación, cada sentencia que se dicta hoy. Conocer estas raíces no solo enriquece la cultura jurídica: proporciona ventajas prácticas tangibles a quien ejerce el derecho con consciencia de que está participando en una conversación milenaria sobre la justicia.
